El mundo necesita valientes


Miedo a enamorarse, miedo a no encontrar un trabajo después de los estudios, miedo a denunciar algo por las represalias, miedo a perder la pareja, miedo a un despido, miedo a la enfermedad, miedo al dolor, miedo a volar, miedo a la soledad, miedo a un robo, miedo a una separación, miedo a vivir…
Miedo al miedo.

Vivimos rodeados de temores, somos esclavos de nuestros miedos.
 
 

La autenticidad de vivir una vida acorde con lo que queremos y deseamos, no con lo que nos asusta, empieza a diluirse cada vez más.

Invertimos cada vez más tiempo, dinero y energía en esconder nuestros problemas, temores y traumas, nos esforzamos en aprender a vivir con ellos. Preferimos vivir encerrados entre sus limitaciones que intentar afrontarlos y superarlos.

He conocido a personas inteligentes, inspiradoras en muchos sentidos, que a la hora de la verdad, sorprendentemente no son capaces de tomar decisiones, porque el miedo les bloquea en alguna faceta de su vida y se quedan impasibles viendo pasar un trabajo, un amor, una oportunidad, un viaje… por no atreverse a dar el salto.

¿Y si dejar de sentir miedo fuese una cuestión de fe? ¿De fe en ti mismo/a?

Todos tenemos miedo, pero hay quienes deciden coger aire, cerrar los ojos y saltar confiando en que el riesgo de perder siempre merece la pena si conlleva la posibilidad de ganar. Y siempre sale bien, porque las personas valientes puede que no obtengan los resultados que esperaban, pero obtienen muchas otras cosas, como una experiencia vital o un aprendizaje que superaba las expectativas, pero en especial, la satisfacción de haberlo apostado todo para intentarlo.

 
“La vida también va de aprender a despedirse” Laura Chica
 

Saber dejar ir también es de valientes. Cuando algo nos hace daño, aunque nos asuste perderlo, aunque queramos seguir teniéndolo a nuestro lado pero sabemos que debemos dejarlo atrás para seguir creciendo, ya sea una relación de amor, una amistad, un trabajo, una profesión, una ciudad, etc.
 
 
¿Quiénes arriesgan son unos locos? ¿O los locos son quienes se conforman con una vida que no les hace feliz?
 
El mundo necesita personas valientes que nos inspiren, que nos hagan creer que otra vida es posible, porque la vida la hacemos nosotros.

 
“Ganas fuerza, coraje y confianza por cada experiencia en la que realmente dejas de mirar al miedo a la cara. Te puedes decir a ti mismo: he sobrevivido a este horror y podré enfrentarme a cualquier cosa que venga.
Debes hacer lo que te crees incapaz de hacer”
Eleanor Roosevelt

 

EL AMOR DE TU VIDA ES EL QUE TE ACOMPAÑARÁ SIEMPRE: TÚ


Llevaba mucho tiempo queriendo escribir sobre la autoestima, pero la semana pasada publiqué una foto en Instagram con un pequeño texto y los mensajes que he recibido en distintas redes sociales, tanto públicos como privados, comentando esa publicación, me han animado a no retrasar más este post.
 
 

 
Mi hijo Pablo, a punto de cumplir los 14 años, ya supera los 190 centímetros de altura.
A los pocos meses de vida ya estaba fuera de todas las tablas y percentiles que a menudo obsesionan a los padres primerizos.
Siempre ha sido excepcionalmente alto y esa diferencia tan visible con el resto de niños le hizo sufrir mucho en primaria, sobre todo en los últimos cursos, cuando tuvo que encajar constantes ataques de compañeros.
Aún continúa su valiente proceso para gestionar todo aquello, pero su pasión por el baloncesto le ha ayudado a sentirse cómodo con su altura y ha sido capaz de transformar esa diferencia en una cualidad que le hace destacar positivamente.
 
Todos sentimos dificultades para tener una buena autoestima y es una tarea compleja aprender a conocernos, valorarnos y respetarnos.
 
No sabemos querernos.
 
 
No nos enseñan a mirarnos desde el cariño cuando somos pequeños, a conocernos, a buscar qué nos hace especiales y potenciarlo.
 
Nos educan en la falsa modestia, aprendemos que quererse a uno mismo o hablar bien de nosotros es un rasgo de alguien vanidoso, narcisista, presuntuoso y otros cuantos sinónimos peyorativos más.
Ni siquiera somos capaces de aceptar un cumplido en la mayoría de los casos:
 
-          ¡Qué vestido tan bonito!
-          ¿Este trapo? ¡Anda ya! Si tiene tropecientos años…
 
-          ¡Qué guapo estás!
-          Pero si hoy tengo una cara que…

-          ¡Qué buen trabajo! ¡Enhorabuena! ¡Qué creatividad!
-          Si es una tontería, no me ha costado nada, es muy fácil…

 

 Algo estamos haciendo tremendamente mal cuando no sabemos querernos.

¿Cómo vas a pretender que te quiera bien una pareja o que te valoren en el trabajo, si tú eres el primero que no tiene fe en ti mismo y desconoces tu verdadero valor?
 
La adolescencia es una etapa de muchas inseguridades y junto con la infancia es crucial para asentar un buen auto concepto y desarrollar una autoestima sana.
Nuestro cuerpo cambia al crecer en la infancia, cuando vamos haciéndonos mayores, con un embarazo, tras una enfermedad… En ocasiones nuestra mente y nuestro cuerpo evolucionan con ritmos desacompasados y si ya nos cuesta adaptarnos a los cambios, hacerlo con distinto tempo lo complica todavía más.
 
Soy especialmente sensible cuando escucho a una persona decirle a un niño “eres tonto”. No puedo reprimirme y acabo pidiéndole a la madre, al padre o a quien sea en cuestión, que por favor no le diga eso al niño, ganándome alguna mirada o palabra castigadora en más de una ocasión por meterme donde no me llaman.
 
Pero es que… ¡es tan importante el lenguaje y los mensajes que lanzamos a los niños! ¡Y nuestra autoestima es tan frágil en algunas etapas de nuestra vida! Podemos acabar creyéndonos todo lo que nos dicen, sobre todo, cuando los mensajes vienen de alguien que nos quiere y nos cuida, una figura de apego.
 
No debería sorprendernos que encontremos con frecuencia personas que no se quieren nada, que no saben reconocer su valor y, por tanto, lo trasmiten en una conversación, en una entrevista de trabajo, en sus relaciones, etc. Por otro lado, lidiamos a diario con otras quienes aparentan egos infladísimos y desprenden soberbia a raudales, generalmente en un intento por esconder varios complejos internos y problemas no resueltos.
 
¿Qué pasa en el entorno profesional?
 
En el master de RRHH en el que doy clase, he pedido este año a los alumnos que hicieran un análisis DAFO de sí mismos y me preocupó mucho leer que en el 95% de los trabajos coincidían en que la baja autoestima era una de sus principales debilidades.
 
Tener problemas de autoestima afecta a nuestra visión de las cosas y a nuestras relaciones sociales en todas las facetas de la vida, en el plano laboral, como no podría ser de otra forma, también.
 
Cuando no tenemos confianza en nosotros aparece la obsesión por la perfección, nada es lo suficientemente bueno para la aprobación de los demás. Perdemos tiempo y energía por esa inseguridad y como consecuencia, baja la productividad.
 
Somos pesimistas, no valoramos nuestro talento, bajamos las expectativas, olvidamos nuestros sueños porque no nos sentimos preparados para conseguirlos y abrazamos el mundo del conformismo.
 
No asumimos un puesto de mayor responsabilidad o un proyecto nuevo porque nos invade el miedo o si lo aceptamos, es con una nube de amenaza de fracaso sobrevolándonos.
 
Nuestra falta de autoestima y nuestra inseguridad la huelen desde lejos los compañeros y jefes tóxicos que habitan en las organizaciones, por lo que intentarán abusar de nuestro trabajo, endosarnos problemas o utilizarnos como cabeza de turco a la mínima oportunidad.
 
 
Amarse a uno mismo es aceptar, cuidar y respetar por completo todos tus aspectos: tu cuerpo, tus emociones, ser capaz de identificarlas, y expresarlas; así como convertir tu mente y tus pensamientos en tus aliados.

 
La baja autoestima tiene que ver con la visión que tienes sobre ti mismo, no con una realidad.
 
No olvides que de acuerdo a cómo piensas, sientes y según cómo sientes, actúas.
Así que para cambiar tus acciones y comportamientos debes revisar tus creencias.
 
Las creencias también son una zona de confort y te limitan.
 
Todos tenemos recursos emocionales que a menudo olvidamos, es importante aprender a identificarlos y utilizarlos.
 
Vivimos en una sociedad en la que la inteligencia racional, un canon de belleza o un cv determinado ya no son predictores del éxito, el reto está en conectarnos con nosotros mismos para encontrar nuestro potencial, lo que nos hace brillar.
 
Aprende a mirarte desde el cariño.
Quiérete, quiérete mucho porque eres el verdadero amor de tu vida.
 
 
 
 

Ser feliz es una decisión solo apta para valientes

La felicidad está de moda y empieza a dividirnos.

Hay quien habla de la tiranía de ser feliz y quien culpa a las redes sociales de la proliferación de mensajes sobre optimismo, psicología positiva y buenrollismo.
Hay quien se esfuerza en propagar fórmulas para alcanzar la felicidad, defendiendo que nuestra mente crea nuestro destino, mientras que otros se afanan en confirmar que la vida es un fiasco y apuntar cada aspecto negativo de nuestra existencia.

Aparecen marcas como Mr. Wonderful o Virus de la Felicidad y poco tiempo después surgen las antagónicas como Mr. Wonderfuck, todas con sus correspondientes seguidores.

La psicología positiva continúa debatiéndose como ciencia y aparecen constantemente argumentos a favor y en contra, así como numerosos estudios y críticas por la falta de base científica de los mismos.


¿La felicidad es una quimera? 

¿Es una tendencia de la que algunos gurús se aprovechan para ganar dinero vendiendo libros y dando conferencias? ¿Se trata de un nuevo modelo de negocio basado en recordarnos que debemos ser felices y hacernos sentir culpables si no lo conseguimos?
 



El 2 de junio de 1974, un pequeño reino en la cordillera del Himalaya llamado Bután fue el primer país del mundo que hizo una política estatal de la búsqueda de la felicidad. En su discurso de coronación como rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck dijo: “la felicidad nacional bruta es mucho más importante que el producto interior bruto.”
Desde aquel momento Bután utiliza el índice de la Felicidad Interior Bruta (FIB) para medir el bienestar de su sociedad.

Una de las asignaturas más populares de la prestigiosa Universidad de Harvard ha sido la de psicología positiva impartida por el profesor Tal Ben Shahar. Se convirtió en todo un referente educativo impartiendo clases sobre felicidad y atrayendo a más de 1.400 alumnos cada semestre.

El instituto para la búsqueda de la felicidad de Copenhague (Happiness Research Institute Copenhagen) y el concepto 'hygge' que se refiere a la filosofía de vida danesa para encontrar la felicidad en las pequeñas cosas, desconectar y aprender a relajarse como pasos fundamentales para rozar momentos felices, también han ocupado abundantes artículos.

Cada vez se organizan más congresos sobre felicidad y bienestar que reúnen expertos de cualquier parte del mundo para ofrecer a los asistentes las claves que les permitan alcanzar la tan ansiada felicidad.

La última tendencia en el mundo empresarial consiste en aumentar la productividad haciendo más felices a los empleados y generando un ambiente laboral positivo. Se empiezan a establecer indicadores para medir la felicidad de los empleados y de la organización, por lo que algunas compañías incluso han incorporado un nuevo puesto: Director de la Felicidad o Happy Manager.

Teniendo en cuenta todos esos datos, está claro que la búsqueda de la felicidad no es algo nuevo, sino inherente al ser humano.

Pero… ¿cómo se consigue ser feliz? ¿Cómo puedes levantarte cada mañana y a pesar de los problemas que dejaste ayer y los nuevos que te vas a encontrar, no dejar que tu ánimo caiga al suelo?
Como dice el famoso escritor y profesor Tal Ben Shahar: “la alegría se puede aprender, del mismo modo que uno se instruye para esquiar o a jugar al golf: con técnica y práctica. La felicidad está en nuestro estado de ánimo.”

Ser feliz o infeliz es una cuestión de propósitos. Amargarse la vida o disfrutar de ella, a pesar de todas las dificultades, son decisiones que tomamos cada día, con cada pensamiento y acción.

“El 10% es lo que nos pasa en la vida y el 90% es lo que hacemos con lo que nos pasa”.
                                                                                                                            Andrés Aljure



¿Qué es exactamente la felicidad?

¡Qué más da cuál sea la descripción de la felicidad! Pueden existir tantas definiciones como personas. Lo importante no es que haya rigor científico respecto al concepto de felicidad o cómo se argumente, sino cómo se vive cada día y con qué actitud.

No se trata de ser feliz siempre, sería imposible. Por otra parte, la tristeza es inevitable y llorar es muy sano cuando necesitamos liberar emociones negativas.
La tristeza, el dolor y el miedo son emociones humanas y necesarias.

Huimos de la gente tóxica y procuramos no estar cerca demasiado tiempo de quien irradia tristeza. Buscamos compartir tiempo con las personas que nos transmiten buen rollo y energía positiva, con las que nos divertimos y disfrutamos.
Pero nadie puede estar permanentemente feliz ni en un estado de alegría eterna. Existen los momentos tristes, las caídas, las recaídas, las lágrimas, el miedo, las personas que nos causan daño y decepción, las situaciones que nos ponen a prueba, las crisis y los cambios que nos empujan a aprender y avanzar como única salida.

“…podemos afrontar épocas complicadas de nuestra vida y, sin embargo, ser felices, pero también conseguir tener todo lo que habíamos deseado tener y sentirnos profundamente infelices. “
                                                                                                                       Sonja Lyubomirsky
 



Soy una persona que utiliza las redes sociales para intentar mostrar el lado bueno de la vida cada día y difundirlo.
Soy una optimista por supervivencia porque mi madre me educó para sobrevivir a cualquier situación, por difícil que sea y siempre le estaré agradecida por enseñarme a buscar la luz aun en los momentos de mi vida en los que solo veía una espesa niebla.

No me siento obligada a buscar la felicidad, ni a hacer una demostración pública de la misma, de hecho, he reconocido en alguna ocasión que he superado una depresión a pesar de ser una persona feliz y esa “vulnerabilidad” me hizo más fuerte y me ayudó a cambiar lo que necesitaba en aquel momento de mi vida, a reencontrarme conmigo misma.

Identificar nuestras emociones, positivas y negativas, aceptarlas y trabajar para superar las situaciones complicadas es necesario si queremos ser felices. No conformarnos con lo que nos viene y dejar de actuar y luchar. ¡Rendirse no es una opción!

Nuestras decisiones y nuestros pensamientos tienen mucha más influencia sobre lo que nos pasa de lo que queremos admitir, es más fácil pasar la responsabilidad a otra persona o incluso al destino, que asumirla nosotros. Pero la realidad es que cada día elegimos focalizar nuestra atención en unas cosas e ignorar otras y todo lo que pensamos y decidimos determina nuestra vida.

Cuando tenemos una manera de pensar positiva, nuestra actitud nos ayuda a superar mejor los problemas, a sobrellevar los momentos duros y a salir de las situaciones desagradables, buscando soluciones y alternativas.

Evita el pensamiento circular que te lleva sin parar una y otra vez a dar vueltas a las mismas preocupaciones y problemas, porque con cada nueva vuelta solo consigues sentirte más deprimido y fuera de control.
La felicidad no llegará cuando ganes más dinero, cambies de trabajo, encuentres pareja, tengas hijos, compres una casa…

Piensa un poco más en ti, no te limites a lo que se supone que debes hacer, sino céntrate en lo que de verdad te importa. Conócete, quiérete y busca tu sitio. Libérate de malos sentimientos como el odio o el rencor, porque no te dejarán avanzar. Disfruta de todas las cosas posibles: un viaje, una conversación, una cena, practicar deporte, una escapada a la playa o la montaña, una película, un momento con tu pareja, amigos o familia, un libro, etc.

Yo elijo ser feliz y asumo que es mi responsabilidad y mi trabajo. 
Son los momentos especiales de amistad, amor, risas, complicidad y diversión, mezclados con situaciones de lágrimas y tristeza, frustración y miedo lo que hace que la vida merezca la pena para mí.
Porque al final lo importante es tener un sueño cada noche y una ilusión cada mañana, para que no se nos olvide vivir mientras pasamos por la vida.


Ser feliz es un trabajo diario, un modo de vida, una decisión solo apta para valientes.





La revolución afectiva en el trabajo: el hombre de hojalata ya tiene corazón


Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en el trabajo y compartimos más horas con los compañeros que con nuestra pareja, hijos o amigos. Así que teniendo en cuenta el porcentaje de nuestra vida que trascurre en el entorno laboral, sería lógico pensar que en la oficina pasamos por todo tipo de estados de ánimo, ¿o aún hay alguien que cree que los trabajadores somos autómatas sin sentimientos?

Probablemente a más de un directivo tóxico le encantaría que fuésemos profesionales como el hombre de hojalata en el Mago de Oz: personas exclusivamente orientadas al logro y cerradas al plano sentimental y a las emociones, brillantes y relucientes, centrados en la tarea de cortar el árbol hasta que la lluvia les oxida.
El hombre de hojalata es fuerte por fuera y hueco por dentro, porque no consigue conectar con sus verdaderas emociones. Por eso llega un momento en el que se da cuenta de que necesita un corazón.  

Si estás triste, feliz, te han roto el corazón, has perdido a un ser querido, estás preocupado, has discutido con tu pareja o te han hecho daño, lo vas a reflejar en tu productividad, en la concentración, en la relación con los demás y en mil detalles más a lo largo de la jornada laboral.
 
Las emociones guían nuestro comportamiento, por muy racionales que intentemos ser y por mucho que nos condicione el contexto.
Sin embargo, las emociones en la oficina continúan siendo un tema tabú porque se considera un asunto incómodo para gestionar y tratar.


Con el fin de fomentar un ambiente laboral cordial existen ciertas normas de convivencia, así como comportamientos que se deben evitar, son reglas de etiqueta en la oficina.
Hasta aquí bien, pero ¿qué dicen esas reglas de etiqueta sobre las emociones en el trabajo?  
La ira, la tristeza, la ansiedad, el miedo y la alegría deben ocultarse en la medida de lo posible. Se trata de ponernos una máscara que impida a los demás ver cómo nos sentimos.

Pero ¿realmente es tan malo expresar, en su justa medida, nuestras emociones en el lugar donde más horas pasamos al día? Todos estamos de acuerdo en asegurar un trato correcto, de hecho, lo establece la legislación, pero ¿hasta qué punto humanizado? ¿Dónde debería estar el límite de la etiqueta en la oficina?

Siempre me ha llamado la atención negativamente que se tolera y normaliza más una explosión de enfado entre compañeros o entre un jefe y un colaborador que ver a alguien llorando en el trabajo. Los gritos se identifican con fuerza y carácter, mientras que las lágrimas las asociamos con la debilidad, ¿qué nos está pasando?

Muchas personas interpretan llorar en la oficina como un síntoma de fragilidad, las más radicales y con falta de empatía lo ven como un suicidio emocional.

No sé vosotros, pero desde que empecé a trabajar reconozco que he llorado en varias ocasiones, no públicamente, pero sí me he desahogado con alguien de confianza cuando me he sentido muy mal, triste, enfadada o frustrada y compartir ese gesto íntimo y personal me ha ayudado a sentirme mejor, ver la situación con mayor claridad y sentirme muy unida al compañero/a de trabajo que me prestó su hombro y me abrazó para calmarme.

También soy una persona que llora de emoción cuando veo una película, voy a la ópera o algo me conmueve, e incluso he llorado de felicidad en determinados momentos, pero no por eso me considero una mujer débil.

Los humanos somos los únicos seres vivos que lloran en respuesta a las emociones o al dolor. Son las lágrimas psíquicas y tienen un efecto catártico.

El llanto elimina tensiones y reduce la energía negativa, nos ayuda a tranquilizarnos.

Generalmente lloramos en soledad, pero somos seres sociales y en determinadas circunstancias necesitamos manifestar a los demás nuestro estado de ánimo para obtener consuelo. Un abrazo de alguien que se preocupa por ti cuando estás llorando tiene un efecto curativo en el alma, ¿tan malo es que eso suceda en la oficina?

 


Buena parte de nosotros, sobre todo el género masculino, hemos sido educados para no llorar. Contener el llanto es casi un acto reflejo. Hemos aprendido a reprimir nuestras emociones, a no mostrar cómo nos sentimos. ¿Cuántas veces nos han dicho en la familia o en el colegio que no debíamos llorar por algo?

Ser fuerte y valiente no significa suprimir nuestras emociones.

 
La alexitimia es un trastorno desadaptativo psicológico caracterizado por la incapacidad de identificar y describir verbalmente las emociones y sentimientos en uno mismo y en los demás.
Igual esta afirmación suena muy dura, pero tristemente hay empresas en las que se pretende desarrollar una alexitimia organizativa.

La supresión emocional dificulta la concentración, genera infelicidad y afecta al desempeño laboral, al bienestar y a la productividad del trabajador.
No estoy hablando de descontrol sentimental, me refiero a que la emotividad o la ausencia de la misma, son síntomas del estado de la salud emocional de una empresa.
Personalmente cuando escucho una carcajada espontánea en la oficina o a trabajadores que se están gastando una broma durante un momento y varias personas ríen de la escena, me genera una sensación muy agradable, es indicio de un ambiente relajado y con relaciones sanas entre los compañeros. Al igual que si oigo una discusión me tenso y prefiero que no suceda en un sitio abierto y delante de más personas ajenas a la misma o intento mediar para frenar la situación.
 
Cada vez se da más formación en las empresas sobre aspectos relacionados con la inteligencia emocional y a los responsables de equipo se les enseña estrategias para poder controlar y manejar estas situaciones.
La importancia de las emociones en el entorno profesional y su adecuada gestión es indiscutible. El estado de ánimo y las emociones de los trabajadores tienen efectos incluso sobre la cuenta de resultados.
 
Las personas no somos islas emocionales aisladas, cuando vamos a trabajar cada día llevamos nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestros problemas y preocupaciones. Nuestro estado de ánimo y las emociones que tenemos afectan a los demás, el contagio emocional es inevitable.


“Las emociones viajan de persona a persona como si se tratase de un virus”.

Wharton Sigal Barsade
 
La gente positiva obtiene mejores resultados en el trabajo porque procesan cognitivamente de manera más eficiente y más apropiada. Por otro lado, cuando estás de mal humor, gran parte del esfuerzo realizado se desperdicia en el estado de ánimo. Si estás de buen humor, estás más abierto a asimilar información y a gestionarla de manera efectiva.

Conozco a muchos profesionales brillantes en lo que al expediente académico y experiencia profesional se refiere, pero que son unos incompetentes emocionales.

Un líder sin inteligencia emocional no es un líder.

El cociente intelectual y el expediente académico no sirven como factores para predecir el desempeño.  Los reclutadores se esfuerzan por buscar profesionales con inteligencia social y emocional, que sean capaces de entender y gestionar tanto las emociones propias como las de los demás.

Si nos hemos dado cuenta de que para alcanzar el éxito en la vida personal y profesional es necesaria la inteligencia emocional, ¿por qué las empresas están repletas de analfabetos emocionales?

El nivel de inteligencia emocional colectiva de una organización determina el grado en el que se desarrolla la innovación, el talento, el compromiso y la creatividad.

Expresar las emociones en el trabajo de una manera sana y controlada nos vuelve más empáticos, productivos y mejora la relación laboral.

Como seres sociales necesitamos un soporte emocional en el espacio de trabajo. La gente que se expresa es más productiva porque cuando exteriorizamos nuestras emociones, nos desahogamos y éstas desaparecen o se reducen, por lo que conseguimos relajarnos y poder concentrarnos en nuestras tareas.

Encontrar el equilibrio en la gestión de las emociones en el trabajo no es nada fácil, pero es necesario, generando un espacio de confianza y teniendo siempre claro que es imprescindible conocer el mapa humano para que nuestra empresa funcione, con sus sentimientos inherentes e indisociables.

 No solo ha llegado la revolución digital a las empresas, también lo ha hecho la revolución afectiva, las emociones de los trabajadores también forman parte esencial de la organización.
 
El hombre de hojalata ya tiene corazón.

  

 “Cuando un hombre es una tetera vacía, debería estar con ánimo;
y sin embargo estoy destrozado…
Simplemente porque intuyo que podría ser algo parecido a un humano,

si simplemente tuviera un corazón…”

“Los corazones nunca serán prácticos hasta que puedan hacerse irrompibles.”
“Un corazón no se juzga por lo mucho que tú ames, sino por lo mucho que te amen los demás.”
“Ahora sé que tengo corazón porque sufro.”

El Mago de Oz
 
 
 
 

La terrible enfermedad del odio



Siempre he defendido mi fe en las personas. No creo que el ser humano sea malo por naturaleza y a pesar de que haya gente que nos decepciona a lo largo de nuestra vida, merece la pena confiar y mantener la presunción de inocencia, porque los prejuicios y las etiquetas restan oportunidades a las personas.

Pero últimamente tengo el corazón destrozado.
El odio es una enfermedad emocional con un rostro horrible que se va extendiendo y me parte el alma ver la rapidez de contagio que está alcanzando en los últimos tiempos.
 
“Basta con que un hombre odie a otro para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera.”
 Jean Paul Sartre

En 2015 se registraron en España un total de 1.328 delitos de odio, ¡casi cuatro delitos de odio al día!
Aporofobia, creencias o prácticas religiosas, discapacidad, orientación o identidad sexual, racismo y xenofobia, ideología y discriminación por razón de género.

 
¡Espeluznante!

 
La ira y el odio son factores que producen muchas enfermedades, la agresividad y la negatividad se vuelve hacia el interior de quien lo siente y lo fomenta.

La persona que odia persigue y desea la destrucción del objeto en el que proyecta su aversión, orienta su vida y su pensamiento a esa destrucción, genera argumentos para ganar adeptos y justifica pensamientos y acciones violentas constantemente.

Tristemente lo que mejor saben hacer algunos es odiar y se retroalimentan de este odio generado en su entorno, reforzando su carácter, su personalidad y su distorsión emocional.
 
El rencor y el odio son dos sentimientos muy profundos que se arraigan y terminan desequilibrando nuestra mente y cuerpo. Porque cualquier sentimiento negativo que experimentemos, sobre todo si lo hacemos durante años, termina afectándonos y se vuelve contra nosotros.
 
¿Qué nos está ocurriendo?

Estos son algunos de los crímenes y ataques de odio en solo dos semanas:

  • La matanza homófoba de Orlando el pasado 12 de junio, la mayor masacre cometida en EEUU desde el fatídico 11 de septiembre.
  • El asesinato de Jo Cox, la diputada laborista partidaria de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea.
  • Después de que los británicos hayan votado en el referéndum salir de la Unión Europea el pasado jueves, el ya famoso Brexit ha desatado la rabia racista a lo largo de todo el Reino Unido.
  • El último ejemplo lo hemos vivido este domingo en las elecciones generales. Donde un proceso democrático ha servido para dar rienda suelta, sobre todo en las redes sociales, a todo tipo de comentarios cargados de desprecio, rabia y violencia sobre cualquier partido, líder político e ideología.

El odio es un sentimiento irracional que se introduce en una persona plenamente convencida por su razón y su visión de las cosas y la vida.

 
“Eso es lo que hace el odio. Te alimenta y al mismo tiempo te va pudriendo.”
 Lauren Oliver

El odio es una sensación negativa que se retroalimenta y se reproduce constantemente, necesita confirmarse de forma constante, llega incluso a cohesionar grupos que comparten un mismo objeto al que aborrecer. Pero no nos confundamos, el odio no llega de la noche a la mañana, sino que va creciendo y se va gestando dentro despacio, en la sombra.

 
La presencia cotidiana del odio nos lleva tristemente a normalizarlo en ocasiones como parte inherente al ser humano. La excesiva permisividad con la que se toleran y se consienten ejemplos de odio contribuyen a retroalimentar conductas basadas en éste.

Pero la violencia no debe ser un comportamiento propio del ser humano y las instituciones en todas las escalas sociales, tienen que poner medidas para frenarla y prevenirla.

 
Ahora más que nunca es necesario educar en valores en la familia y en el colegio. Afortunadamente son cada vez más numerosos los centros educativos que se animan a instaurar programas de inteligencia emocional para profesores y alumnos.
 
El odio es también un tipo de dolor, una enfermedad de las emociones. Hace enfermar a quien lo siente. Perjudica la salud física y mental de quien lo alberga; altera su estado de ánimo, genera estrés, ansiedad y hasta depresión. El odio es el producto de resentimientos, es contrario al amor.
No lleva a nada constructivo, sino que paraliza e intoxica. Es como un veneno que corrompe las relaciones. Es un sentimiento que puede resultar inagotable y tiene la capacidad de matar el alma de quien lo padece.
 
El odio es sin duda la pasión más destructiva, el motor más potente de las guerras.

 
El odio genera violencia y, por lo tanto, tiene que ser abordado como un grave problema de salud de nuestra sociedad.

Nos impide vivir felices. Se trata de un parásito emocional que se alimenta de nuestra energía y la de los demás.

No podemos olvidar que lo que nosotros sentimos no depende del exterior, es nuestra responsabilidad manejar las emociones y que todo aquello que ocurra a nuestro alrededor no perjudique nuestro bienestar interior.

La vida significa tomar decisiones, ser feliz es una de ellas, tal vez la más importante.

Nadie puede vivir feliz sintiendo odio hacia los demás, así que destierra el odio de tu vida.

No te escondas detrás de excusas, atrévete a elegir lo que te hace feliz y sobre todo a cambiar las cosas.



 
"Todo un mar de agua no puede hundir un barco a menos que se meta dentro de la nave. Del mismo modo, la negatividad del mundo no puede hundirte a menos que permitas que entre en ti."
Goi Nasu