Lecciones de vida: aprendizaje permanente





¿No habéis tenido un momento en el que os habéis sentido tan mal como para desear desaparecer del mundo? ¿O para querer haceros un ovillo debajo del edredón y llorar hasta que se agoten todas las lágrimas que sentís que se agolpan?

Seguro que sí, porque la vida es un camino donde se entremezclan momentos de felicidad con tristeza, alegrías y penas, dolor y placer, situaciones difíciles que ponen a prueba nuestra capacidad de resiliencia, concepto que tan de moda está últimamente.


Lo realmente difícil para superar una situación en la que la vida nos pone a prueba, no es superarla, sino ser capaz de aprender de ésta y saber utilizar ese aprendizaje de una manera positiva en el futuro y como consecuencia, crecer como persona.
Hablo del aprendizaje informal, el que se produce en cada experiencia y situación personal y profesional que atravesamos. Es el aprendizaje permanente y por lo tanto el más importante, porque nos acompaña durante toda nuestra vida.


Cualquier momento o situación puede ser una ocasión para aprender, pero sólo las personas con un talento y capacidad especial consiguen transformar una experiencia difícil y traumática en un aprendizaje valioso.
No se trata de ser resiliente, sino de ir mucho más allá
Siento verdadera admiración por estas personas extraordinarias y este post es un homenaje a todas ellas, en especial a alguien a quien quiero y que es un impresionante ejemplo de valor, talento y calidad humana.


Gracias Xenia por colaborar en el blog, pero sobre todo por querer compartir tu experiencia, por aportar tanto a quienes tenemos el lujo de conocerte, por darnos una lección tan grande y por ayudarnos con tu ejemplo a mejorar y valorar nuestra capacidad de aprendizaje permanente en cualquier momento vital que tengamos que afrontar.
 

Xenia de la Cerda

“Escribir ha sido siempre en mi vida un ejercicio de desahogo y liberación pero durante estos meses no me sentía capaz de hacerlo. Quizás por miedo o simplemente porque no era el momento.

Desde que era pequeña me gustaba imaginar cómo sería yo en el futuro y me acostumbré a planificar hasta tal punto que creía que ya me sabía el resto de mi vida. Y sin darme cuenta empecé no solo a condicionar la imagen que tenía de mi misma sino que me esforzaba a dar a los demás lo que creía que debía darles. Y no es que me considerara infeliz, ni mucho menos, pero siempre me acompañó, por diferentes experiencias, una sensación de no ser plenamente yo misma, no sentirme a gusto si decía que “no” y un miedo atroz a los cambios. Pues bien, eso cambió hace apenas un año cuando me diagnosticaron un cáncer de mama y creo firmemente que el cuerpo es sabio y no le prestamos suficiente atención a sus avisos.
Sé que puedo caer en un lugar común al decir que todo lo que me ha pasado y me está pasando ha establecido un antes y un después en mi vida pero los lugares comunes existen justo porque hay una experiencia que los precede. Siempre he pensado que si uno no comparte lo que vive y experimenta es como si esto no tuviera una existencia real y desapareciera. Porque aunque todo esto no deja de ser un momento muy duro, para mí está siendo una de las experiencias más intensas y llenas de amor que he vivido.






Justo los meses antes de que me dieran esa noticia para la que uno nunca puede estar preparado mi pareja y yo estábamos intentando ser padres y ya empezaba a angustiarme la idea de que pudiera tardar más de lo que tenía “planeado”. Pues bien, tras pasar este año de tratamientos, de cambios relevantes y de afrontar la idea de que las cosas no siempre deben salir como queremos, empecé a relativizar y a darme cuenta que un hijo es el producto de un acto de amor y no de una obsesión. Sigo queriendo ser madre pero entones no era el momento y mi cuerpo lo sabía. Me siento afortunada por todo el amor que doy y recibo, por la oportunidad que he recibido de saborear la vida más que nunca y orgullosa de todos los pasos que he dado.
 
Ha sido un año de aprendizaje, de mirar hacia dentro y cuidar tanto lo externo como lo interno. Un año de aceptación, de superación, de risas y llantos, de sentirme querida, rodeada y cuidada y de momentos de inversión en mi misma para encontrar mi propia fuerza. Un año en el que más que nunca puedo decir...SOY Y ESTOY AQUÍ Y AHORA. Un año en el que, por primera vez en mucho tiempo, me reconozco en el espejo como una mujer valiente y sensible a que le gusta tener una imagen diferente a la de antes puesto que se siente diferente.


Y hay tanto y a tantas personas a las que agradecer…”

Xenia de la Cerda




Por admiración a Xenia y para agradecer a todas estas personas excepcionales que como ella nos dan una lección de vida increíble; para animar a desarrollar nuestra capacidad de aprendizaje permanente, en lugar de terminar el post con una frase como hago siempre, lo hago en esta ocasión con un poema de uno de mis escritores favoritos:


No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.




Mario Benedetti, No te rindas